Amanecer #1: mis diez minutos de calma cada mañana
Contraventanas verdes, tejados de Madrid, un café muy cargado y nada de móvil. El pequeño ritual de mañana que hace que el resto del día vaya más despacio.

Cada mañana abro mis contraventanas verdes y Madrid todavía está medio dormido.
Ya está. Ese es el ritual. Pero me prometí que lo contaría bien, porque esos diez minutos se han convertido en mi parte favorita del día y algunos me habéis preguntado de qué va lo de “amanecer”.
Las contraventanas
Mi piso es diminuto, y lo mejor que tiene es la ventana. Alta, antigua, con unas contraventanas de madera pintadas de un verde que el sol ha ido apagando de una forma muy bonita, y un balconcito de hierro donde cabemos justo yo, una taza y una planta que sobrevive a base de fe.
Por la noche las cierro, en parte por la luz y en parte porque Madrid es ruidoso hasta tarde. Así que por la mañana abrirlas es una pequeña ceremonia. El pestillo se atasca un poco. Empujo, se abren hacia fuera y la luz entra y se estira por las baldosas de barro del suelo. Siempre, siempre, digo “buenos días” en voz alta. ¿A quién? A los tejados. A las palomas. A nadie. Mai pen rai, me sienta bien.
El café
Cargado. Muy cargado. Papá me enseñó a que me guste el café capaz de despertar a un edificio entero, y le soy fiel. Algunas mañanas es la cafetera italiana al fuego; otras, lo que sea más rápido. La única norma es tomármelo de pie en el balcón, con la primera luz y la taza entre las dos manos.
Los tejados
Desde mi balcón veo un mar de tejados de teja, antenas, algún campanario, una colada que lleva una semana tendida y, a lo lejos, la ciudad que se despereza. A primera hora la luz es suave y dorada, toca primero lo más alto de los edificios y luego va bajando despacito por las fachadas.
La calle está en silencio salvo por ruiditos. Un cierre metálico que sube. Alguien barriendo. Una furgoneta de reparto. Una vecina en otro balcón regando los geranios, a la que saludo con la mano todos los días y con la que nunca he hablado. A lo mejor algún día.
Lo de no mirar el móvil
Esta es la parte importante, y la más difícil. Durante esos diez minutos, el móvil se queda dentro. Bocabajo, en la mesa, lejos.
No voy a hacer como que fue fácil. La primera semana me echaba la mano al bolsillo como un acto reflejo. Pero me di cuenta de que, cuando miraba el móvil nada más levantarme, el día empezaba en el mundo de todos los demás. Mensajes, noticias, las mañanas de otra gente. Cuando no lo miraba, el día empezaba en el mío. La luz, el café, la calle, yo.
Son solo diez minutos. No soy una monja, el móvil vuelve justo después. Pero esos diez minutos son míos.
Si te apetece probar
No te hace falta un balcón ni unas vistas. Te hace falta una ventana y unos minutos.
Abre la ventana antes de abrir cualquier otra cosa. Prepárate el café, el té o el agua caliente con limón, lo que te guste. Ponte de pie o siéntate donde haya algo de luz. Deja el móvil en otra habitación. Y mira. Fíjate en tres cosas: un sonido, un color, un olor. Nada más. Sin diario, sin objetivos, sin “rutina de mañana productiva”. Solo una pausa antes de que arranque el mundo.
Por qué “amanecer”
Amanecer es el momento en que sale el sol, pero también es un verbo: despertarse con el día. Me encanta que sea las dos cosas. Empiezo una pequeña serie con ese nombre, solo momentitos de mis mañanas en Madrid. Habrá días de sol, días grises y días de pelos horribles. En todos habrá café.
Buenos días, de mi balcón al tuyo. ¿Qué es lo primero que haces al despertarte?





