Viajes

Puente en Lisboa: tranvías, azulejos y demasiados pastéis de nata

Tres días tranquilos en Lisboa desde Madrid: tranvías amarillos, azulejos, miradouros al atardecer y un número honesto de pastéis de nata. Con consejos prácticos.

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Pikul junto a un tranvía amarillo de Lisboa en una calle empinada y soleada

Cada vez que alguien en Madrid me dice “necesito desconectar, pero no tengo tiempo para un viaje de verdad”, le contesto lo mismo: Lisboa. Está cerca, es tranquila, se come de maravilla y vuelves con gemelos de acero de tanta cuesta. No es un consejo de fitness. Es un aviso.

Me fui un puente, tres noches, con una mochila pequeña y sin mucho plan. Te cuento lo que hice y lo que le diría a una amiga.

Cómo llegar desde Madrid

El vuelo dura poco más de una hora, así que es la opción fácil: sales del trabajo el jueves y cenas en Lisboa. Desde el aeropuerto, el metro te deja en el centro sin complicaciones. Si prefieres ir por tierra, también hay conexiones en autobús y en tren, pero se te va casi todo el día y las rutas cambian, así que mira qué hay disponible antes de organizarte.

Una cosa que siempre me lía: Portugal tiene una hora menos que España. La primera mañana me desperté “tarde” y en realidad era prontísimo. Chévere, más tiempo para desayunar.

Tranvías y cuestas

Lisboa está construida sobre colinas, y los tranvías amarillos de toda la vida las suben como si nada. El 28 es el famoso: va traqueteando por Graça, Alfama y la Baixa, y sí, se llena muchísimo. Mi truco: cógelo a primera hora o súbete cerca del principio de la línea. O haz parte del recorrido andando. De hecho, algunos de mis mejores momentos fueron seguir las vías a pie y perderme un poco por Alfama, donde las calles son tan estrechas que oyes a alguien cocinando por la ventana.

También están los funiculares y el elevador antiguo, que te salvan las piernas en los tramos más empinados. Yo usé una tarjeta de transporte recargable para todo y me hizo la vida muy fácil.

Llévate calzado cómodo. Las aceras son esas preciosas piedrecitas blancas y negras, la calçada, y resbalan cuando están pulidas o mojadas. Lo aprendí en sandalias. Ay.

Azulejos por todas partes

Los azulejos. Mira, podría haberme pasado el viaje entero mirando paredes. Fachadas enteras en azul y blanco, verde, amarillo, con dibujos geométricos o escenas pintadas. En cada calle hay al menos una que te obliga a pararte.

Si te gustan tanto como a mí, el museo nacional del azulejo merece una mañana. Está en un antiguo convento, un poco apartado del centro, y tiene una calma que me encantó. Si no, pasea por Alfama, Mouraria y Príncipe Real y mira hacia arriba.

El tema de los pastéis de nata

No voy a decir cuántos me comí. Te voy a decir cómo se come uno como Dios manda: calentito, con canela y un poco de azúcar glas si te lo ofrecen, de pie en la barra y con un café cortito y fuerte. El hojaldre tiene que crujir y la crema, estar justo cuajada y un poco tostada por arriba.

Todo el mundo va a la famosa pastelería antigua de Belém, y merece la pena una vez; la cola avanza rápido. Pero algunos de los mejores que probé fueron en cafeterías de barrio donde nadie estaba haciendo fotos. Menos yo. Evidentemente.

Miradouros a la hora dorada

Lisboa está llena de miradores, los miradouros, y cada uno es como un premio por haber subido. Mis favoritos fueron el de Senhora do Monte, alto y con una vista enorme, y el de Santa Luzia, con buganvillas, azulejos y vistas sobre Alfama hasta el río. São Pedro de Alcântara también es precioso al atardecer.

Lo convertí en un pequeño ritual: cada tarde, un miradouro distinto, algo fresquito para beber y ninguna prisa. El río se pone rosa, los tejados naranjas, y parece que toda la ciudad baja el ritmo contigo.

Lo que repetiría

Tres noches es perfecto. Un barrio al día, no más. La comida fuerte a mediodía, porque los menús de las tascas pequeñas son una maravilla. Una excursión a la costa si hace buen tiempo. Y dejar hueco para no hacer nada en un banco con vistas, que es lo que Lisboa mejor sabe hacer.

Volví cansada, feliz, un poco quemada por el sol y con una caja de pastéis de nata en las rodillas en el avión. Obrigada, Lisboa. Vuelvo prontito.

Besos, Pikul
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