Por qué me enamoré del pilates (después de que el boxeo me destrozara los brazos)
Del boxeo con agujetas al pilates lento y fuerte: reformer o esterilla, mis consejos para empezar y por qué el hundred me hace reír y llorar a la vez.

Te cuento cómo empezó esto, porque no es una historia muy glamurosa.
Una amiga me convenció para probar una clase de boxeo. Me encantó. También me pasé tres días sin poder levantar los brazos. Lavarme el pelo era un deporte de equipo. Sujetar una taza de café, toda una hazaña. Volví, porque soy cabezota, y al cabo de unas semanas me di cuenta de que me flipaba la energía, pero siempre andaba un poco hecha polvo.
Entonces alguien en el gimnasio me dijo: “Prueba pilates los días que no boxeas”. Yo pensaba que el pilates era tumbarse y respirar. Ay, qué equivocada estaba.
Lento no es fácil
La primera clase me bajó los humos. Todo es lento y controlado, y justo eso es lo que lo hace difícil. No hay dónde esconderse. No puedes tirar de impulso ni ir con prisa: tienes que hacer el movimiento pequeñito bien hecho y sentirlo entero.
Pero la sensación de después era distinta a la del boxeo. En vez de hecha polvo, me sentía despierta. Más alta. Un poco temblorosa y muy contenta. Como si hubiera pasado una hora escuchando a mi cuerpo en vez de pelearme con él. Eso fue lo que me enganchó. Todavía boxeo de vez en cuando, pero el pilates es lo que espero con ganas.
Reformer o esterilla
Siempre me preguntáis por cuál empezar, así que os cuento cómo los siento yo. No soy instructora, solo alguien que se ha enamorado de los dos.
El reformer es la máquina: un carro que se desliza, muelles, correas y una barra para los pies. La primera vez que lo ves parece un invento medieval. Los muelles te dan resistencia o apoyo según cómo estén puestos, así que puede ser a la vez una ayuda y un reto enorme. Me encanta su ritmo, el carro yendo y viniendo. Las clases de reformer suelen ser en estudio y en grupos pequeños, y eso está genial porque la instructora puede ver de verdad lo que haces.
El pilates en esterilla eres tú, una esterilla y la gravedad. A veces un aro, una pelota pequeña o una banda. Sin máquina que te ayude, muchos ejercicios cuestan más de lo que parece. La gran ventaja: lo puedes hacer en cualquier parte. En mi balcón al amanecer, en el suelo del salón entre la mesa y el sofá, en una habitación de hotel. Mi esterilla ha estado en Lisboa.
La verdad es que hago las dos. Reformer cuando quiero una clase en condiciones y esterilla en casa cuando quiero veinte minutos tranquilos.
El hundred
Si has hecho pilates, ya sabes de qué hablo. Si no: te tumbas bocarriba, levantas la cabeza y las piernas y bombeas los brazos arriba y abajo mientras inspiras en cinco tiempos y espiras en cinco. Diez veces. Cien bombeos.
Suena mono. No es mono. Hacia el bombeo sesenta me entra la risa. Hacia el ochenta creo que voy a llorar. Hacia el noventa y cinco tengo una pequeña experiencia espiritual. En todas las clases. Mi instructora ya solo me sonríe cuando empieza, porque sabe lo que viene.
Mis consejos para empezar
Son cosas que a mí me ayudaron, no normas.
Empieza por una clase de iniciación, aunque seas deportista. La técnica y la respiración son lo que hace que sea pilates, y se aprenden mejor al principio.
Dile a la instructora que es tu primera vez y coméntale cualquier cosa de tu cuerpo, una lesión antigua, lo que sea. Te adaptará los ejercicios. Si tienes alguna duda de salud, consúltalo con un profesional antes de empezar.
No te compares con la de la esterilla de al lado. Igual lleva diez años. Tú llevas diez minutos.
Lleva calcetines antideslizantes para el reformer; muchos estudios los piden igualmente. Y ropa cómoda que no tengas que estar subiéndote todo el rato.
Ve más despacio de lo que crees. Más. Todavía más. Mira, ese es todo el secreto.
Y ríete durante el hundred. Ayuda. Te lo prometo.
Por qué se quedó
Creo que me enamoré del pilates porque encaja con cómo quiero vivir en general. Despacio, pero con intención. Sin castigarme, sin correr, solo apareciendo y haciendo bien las cosas pequeñas. Como cocinar bien el arroz o abrir las contraventanas cada mañana.
Si te pica la curiosidad, prueba una clase. Y luego me cuentas qué tal tu hundred.





